Durante siglos, los relatos de personas que han estado al borde de la muerte han intrigado por igual a médicos, filósofos y tradiciones espirituales. Desde los textos tibetanos sobre el bardo hasta los estudios clínicos de las últimas décadas, las experiencias cercanas a la muerte (ECM) se han convertido en un cruce inesperado entre biología, consciencia y espiritualidad. El desarrollo de técnicas avanzadas de reanimación en los años 60 multiplicó estos testimonios, obligando a la ciencia a observar con mayor seriedad un fenómeno que no encaja cómodamente en los modelos materialistas clásicos.
Entre todos esos relatos, uno de los más influyentes y polémicos es el del Dr. Eben Alexander, un neurocirujano formado en algunas de las instituciones médicas más prestigiosas de Estados Unidos. Nacido en 1953 y criado en un entorno profundamente académico, Alexander desarrolló una carrera sólida en neurocirugía, especializándose en casos complejos del sistema nervioso. Era —por formación y convicción— un defensor firme de la visión predominante en la neurociencia moderna: la mente es una función del cerebro y desaparece cuando éste deja de funcionar.

Dr. Eben Alexander
Su escepticismo se mantuvo intacto hasta 2008, cuando una meningitis bacteriana fulminante destruyó buena parte de su neocórtex y lo sumió en un coma profundo durante siete días. Desde una perspectiva clínica, su cerebro estaba demasiado dañado para generar cualquier tipo de experiencia consciente. Sin embargo, lo que vivió en ese estado —según él mismo y según el informe médico posterior— desafía por completo esa premisa. Alexander describió una experiencia lúcida, rica y estructurada que, para él, reveló una dimensión de la consciencia independiente del sustrato neuronal.
Aquel episodio transformó radicalmente su visión científica y personal, y más tarde lo narró en su libro Proof of Heaven (La prueba del cielo), que se convirtió en un fenómeno internacional. Desde entonces, el caso del Dr. Eben Alexander se ha posicionado como uno de los más discutidos dentro del debate contemporáneo sobre qué es la consciencia y si puede sobrevivir a la muerte del cerebro.
Un neurocirujano ante lo inexplicable
Antes de su ECM, Alexander representaba la voz del neurocientífico clásico:
si no hay actividad en la corteza, no puede haber experiencia consciente.
Pero su coma desafió esa convicción. Durante siete días, su cerebro estuvo tan dañado que —según él mismo y según el informe médico posterior— no debería haber podido generar ninguna experiencia interna.
Y, sin embargo, tuvo una vivencia rica, estructurada y profundamente transformadora.
El “colapso total” del cerebro
La meningitis bacteriana que lo afectó destruyó buena parte del neocórtex, la región asociada a la memoria, el pensamiento racional y la integración sensorial. Para Alexander, formado en neurociencia clásica, esto era equivalente a “desenchufar” el yo consciente.
Pero lo que ocurrió fue lo contrario.
En lugar de la nada, describió un viaje inmersivo a través de distintos niveles de realidad: primero un espacio caótico, casi amebiano, que él compara con “gusanos retorciéndose”, y después una transición hacia un entorno luminoso, armónico y lleno de seres que transmitían mensajes de amor y conexión.
¿Puede la consciencia existir sin cerebro?
Esta pregunta es central en la investigación moderna sobre ECM. La tesis de Alexander —que la mente persiste incluso cuando el cerebro no puede sostenerla— coincide con líneas de investigación que han ganado fuerza en las últimas dos décadas.
Consciencia no local
El cardiólogo Pim van Lommel es uno de los investigadores más citados cuando hablamos de experiencias cercanas a la muerte. En 2001 publicó en The Lancet un estudio pionero realizado en pacientes que habían sufrido paros cardíacos. Lo sorprendente no fue solo la cantidad de ECM documentadas, sino que muchos de estos pacientes mostraban ausencia de actividad cortical medible durante la reanimación. En otras palabras: no deberían haber podido tener experiencias conscientes.
Sin embargo, las tuvieron… y con un nivel de detalle sorprendente.
A partir de esos resultados, Van Lommel propuso una idea radical: la consciencia podría ser no local, un fenómeno que no depende únicamente del cerebro físico, sino que podría existir de manera independiente o conectada a un campo más amplio de información. Es decir, el cerebro funcionaría más como un receptor que como un generador.
Esta visión, lejos de ser aislada, encaja con las propuestas de varios de los autores más influyentes en la intersección entre física, consciencia y filosofía contemporánea:
John Archibald Wheeler: El ‘Universo Participativo’
El reconocido físico de Princeton propuso que vivimos en un universo participativo. Para John Archibald Wheeler, los observadores no son meros espectadores: la realidad se “completa” gracias a la consciencia que la observa.
Ideas como el “it from bit” (todo surge de la información) y su reinterpretación del experimento de la doble rendija sugieren que la consciencia juega un papel fundamental en la construcción del universo. Lo físico no es primario; la información sí lo es.
Robert Lanza: El Biocentrismo como nuevo marco
El médico y biólogo Robert Lanza llevó esta visión un paso más allá con su teoría del Biocentrismo. Según él, el cosmos no crea la vida: la vida y la consciencia crean el cosmos tal y como lo percibimos.
Para Lanza, el espacio y el tiempo no existen de forma independiente; son herramientas que utiliza la consciencia para organizar la experiencia. En este marco, la muerte no sería un final, sino una transición en un sistema donde la consciencia es eterna y primaria.
Donald Hoffman: La realidad como una interfaz
El psicólogo y científico cognitivo Donald Hoffman propone algo igual de disruptivo: lo que vemos como “realidad física” es solo una interfaz, del mismo modo que un icono en tu ordenador no describe el funcionamiento interno del sistema, pero te permite interactuar con él.
Su teoría del realismo consciente afirma que lo único verdaderamente real son las consciencias y sus interacciones. El mundo físico sería una simplificación diseñada para la supervivencia, no un reflejo fiel de la realidad última.
Tom Campbell: El universo como un sistema de información
El físico Tom Campbell, autor de My Big TOE, combina física cuántica, teoría de la información y espiritualidad para proponer un modelo donde el universo funciona como una simulación evolutiva cuyo objetivo es el crecimiento de la consciencia.
En su marco, la consciencia es el “sistema operativo”, y el cerebro es solo un terminal biológico que nos permite interactuar con esta realidad. Desde esta perspectiva, fenómenos como las ECM serían momentos en que la consciencia opera fuera del cuerpo, sin necesidad del soporte neurológico habitual.
Visto en conjunto, el testimonio del Dr. Eben Alexander deja de ser un caso aislado. Se convierte en un punto más —incómodo para la ciencia clásica, pero cada vez más difícil de ignorar— dentro de una corriente de investigación que sugiere que la mente podría ser mucho más que una secreción de neuronas.
Quizá, como proponen estos autores, la consciencia no es un producto del universo, sino uno de sus ingredientes fundamentales.
Implicaciones médicas y científicas: de la Neurobiología a la frontera de la consciencia
El caso de Alexander no es el único que desafía los límites del materialismo. Existen testimonios ampliamente documentados:
- Anita Moorjani, quien se recuperó inesperadamente de un linfoma terminal tras una ECM.
- Mary Neal, cirujana ortopédica, que sobrevivió tras pasar 30 minutos bajo el agua.
- Casos estudiados por van Lommel, Greyson, Moody y equipos de reanimación de hospitales de Estados Unidos y Europa.
En todos ellos aparece un patrón común: la claridad de la experiencia no coincide con el estado fisiológico del cerebro.
El concurso de investigación organizado por Robert Bigelow en 2021 reunió más de 200 ensayos científicos sobre la supervivencia de la consciencia. Uno de los más citados, del médico Jeffrey Long, concluye que las ECM cumplen criterios de percepción real y no se explican por alucinaciones, memoria residual o actividad neuronal caótica.

¿Qué nos enseñan realmente las ECM?
Lejos de ser meras visiones subjetivas, las ECM parecen apuntar a un modelo más amplio de realidad donde la mente no se limita al cerebro. Los casos como el del Dr. Eben Alexander son incómodos para el reduccionismo, pero atractivos para quienes buscan un puente entre ciencia y espiritualidad.
Autores como Wheeler, Hoffman, Campbell o Lanza sugieren que la consciencia podría ser la base del universo, no su consecuencia. Las ECM añaden un conjunto de datos experienciales que no pueden ignorarse.
En conjunto, estos relatos invitan a formular una pregunta que la ciencia aún no puede responder, pero tampoco descartar:
¿Y si la muerte, lejos de ser un apagón, es una transición hacia una realidad más amplia?
Principales libros de Eben Alexander
- La prueba del cielo (Proof of Heaven, 2012) – Narra su experiencia cercana a la muerte y cómo lo llevó a creer que la consciencia existe más allá del cerebro.
- El mapa del cielo (The Map of Heaven, 2014) – Expande sus ideas con relatos de otras personas que han tenido ECM y explora la conexión entre la ciencia y la espiritualidad.
- La clave del cielo (Living in a Mindful Universe, 2017) – Explora la consciencia como la base de la realidad y discute la relación entre ciencia y espiritualidad.