Imagina por un momento que todo lo que ves —el cielo, las montañas, tu cuerpo, incluso tus pensamientos— fuera parte de una gigantesca simulación informática. Esa es, en esencia, la idea detrás de la teoría de la simulación, una hipótesis que se ha vuelto cada vez más discutida entre filósofos y científicos.
El responsable de formular la versión moderna de esta teoría es el filósofo Nick Bostrom, de la Universidad de Oxford. Su argumento parte de una lógica simple pero inquietante: si una civilización futura alcanza un nivel tecnológico tan avanzado que pueda crear simulaciones realistas del universo, con seres conscientes que no sepan que están dentro de un programa, entonces es más probable que vivamos dentro de una simulación que fuera de ella.

Nick Bostrom
Bostrom lo explica con un razonamiento estadístico: si las civilizaciones del futuro tienen la capacidad y la curiosidad de crear muchas simulaciones, entonces habrá millones de “universos virtuales” por cada universo original. En ese caso, la probabilidad de que tú y yo seamos parte de uno de esos mundos simulados sería abrumadoramente alta.
Para entenderlo mejor, basta pensar en los videojuegos modernos. Cuando un jugador entra en escena, el sistema genera los escenarios y personajes en tiempo real; antes de eso, nada está realmente “ahí”. Los gráficos se crean “a demanda”, solo cuando son observados.
Bostrom sugiere que el universo podría comportarse del mismo modo: la realidad no existiría como algo fijo e independiente, sino que se manifestaría al ser observada por una consciencia. En otras palabras, podríamos estar viviendo en una simulación que se “renderiza” segundo a segundo, justo delante de nuestros ojos.
Comparaciones con videojuegos y experiencias digitales
La comparación con los videojuegos no es solo una metáfora: ofrece una pista comprensible sobre cómo funcionaría un universo simulado.
En un juego digital, cada partícula, sombra o reflejo responde a reglas de programación que imitan las leyes físicas.
Del mismo modo, nuestras “leyes de la naturaleza” —como la gravedad, el tiempo o la luz— podrían ser las instrucciones del código que sostiene la simulación.

La física moderna ya ha revelado que la realidad se comporta de manera sorprendentemente parecida a un sistema de procesamiento de datos.
En la mecánica cuántica, por ejemplo, las partículas subatómicas no tienen una posición o estado definido hasta que son observadas.
Esto quedó demostrado en el famoso experimento de la doble rendija.
El papel de la mecánica cuántica en la simulación
El experimento de la doble rendija es una pieza central en el debate sobre la realidad simulada. Este experimento clásico de la mecánica cuántica demuestra que las partículas, como los electrones, pueden comportarse tanto como ondas como partículas.
Cuando estas partículas pasan por dos rendijas, crean patrones de interferencia en una pantalla detrás, similares a las ondas de luz. Sin embargo, cuando se observa el camino que toman las partículas, el patrón de interferencia desaparece y actúan como partículas individuales.
Es decir, el simple hecho de observar cambia el resultado.
La realidad no se “fija” hasta que alguien la observa.
Este fenómeno sugiere que la realidad no está completamente definida hasta que es observada, un concepto que resuena profundamente con la hipótesis de la simulación. En una simulación computacional, los recursos se asignan solo cuando son necesarios; similarmente, en el universo cuántico, los resultados parecen manifestarse «a demanda» cuando son observados.
Los patrones de interferencia observados implican un nivel de programación subyacente donde las posibilidades se colapsan en realidades concretas al ser medidas. Esto alimenta la idea de una realidad generada digitalmente y abre un diálogo sobre cómo nuestra observación consciente podría influir en el tejido mismo del universo.
Cuando la física se cruza con la consciencia
El físico estadounidense John Archibald Wheeler, mentor de muchos de los padres de la física cuántica moderna, propuso un concepto llamado “It from bit”: todo lo que existe —la materia, la energía, el espacio y el tiempo— proviene, en última instancia, de información.
Para Wheeler, el universo no sería una estructura material, sino un sistema participativo (ver universo participativo), donde la consciencia juega un papel activo en la creación de la realidad.
La famosa idea de que “sin observador no hay fenómeno” parece apuntar en la misma dirección: la realidad necesita ser observada para existir plenamente.
El filósofo David Chalmers, uno de los mayores expertos en el estudio de la consciencia, sostiene que vivir en una simulación no haría nuestra experiencia menos “real”, solo diferente en su origen.
“Si los estímulos que recibimos son coherentes y producen experiencias conscientes, entonces esa realidad —virtual o no— sigue siendo real para nosotros”, ha dicho.
Investigaciones científicas apoyando la teoría
No todos los científicos se limitan a especular.
El físico Thomas Campbell, autor de My Big TOE (Theory of Everything), junto con el investigador Farbod Khoshnoud, está intentando poner a prueba esta hipótesis.
Inspirados en el experimento de la doble rendija, diseñaron una versión modificada para comprobar si la realidad “se actualiza” según lo que se mide.
Su idea es almacenar los datos de los resultados en dispositivos separados y, de manera aleatoria, borrar parte de la información antes de observarla.
Si los patrones de interferencia cambian dependiendo de qué datos se conservan o destruyen, podría indicar que el universo “decide” su estado solo cuando se consulta la información, como un sistema digital.
El proyecto cuenta con apoyo del Centro para la Unificación de Ciencia y Consciencia (CUSAC), y ha sido financiado en parte por campañas de crowdfunding.
Su objetivo no es probar que vivimos en una simulación, sino buscar señales de que la realidad se comporta como un sistema basado en información.

Thomas Campbell y Farbod Khoshnoud
Una realidad hecha de información
Otros investigadores, como el físico Melvin Vopson, van incluso más lejos.
Vopson plantea que la información no solo describe el universo, sino que lo compone.
Según su modelo, cada partícula del cosmos contendría datos sobre sí misma —como si tuviera un “código fuente”—, y cada bit de información tendría una pequeñísima cantidad de masa y energía.
Inspirado en Einstein, Vopson propone que masa, energía e información son tres aspectos de una misma realidad.
Si esto fuera cierto, la física y la informática serían dos caras del mismo fenómeno: el cosmos como una red de procesamiento de datos que se organiza para mantener el equilibrio y reducir el desorden.
De platón a “The Matrix”: Un viejo dilema con ropaje moderno
Aunque hoy hablemos en términos digitales, la pregunta es tan antigua como la filosofía misma.
En la Alegoría de la Caverna de Platón, los humanos confunden las sombras proyectadas en la pared con la realidad, sin sospechar que hay un mundo más allá.
La teoría de la simulación es, en el fondo, una versión tecnológica de ese mito: podríamos estar viendo solo la “pantalla” del universo, sin acceso al sistema que la genera.
La cultura popular ha dado forma a esta inquietud con películas como The Matrix, donde los humanos viven dentro de una simulación creada por máquinas.
Más allá de la ficción, la idea ha inspirado a científicos, filósofos y tecnólogos a preguntarse qué es realmente “real”.
Conclusión
Por ahora, no hay evidencia concluyente de que vivamos en una simulación.
Pero cada descubrimiento en física cuántica, inteligencia artificial o cosmología refuerza la idea de que la información podría ser el ladrillo fundamental del universo.
¿Es todo un código que se ejecuta en un nivel superior de realidad?
¿O simplemente estamos proyectando nuestras propias metáforas tecnológicas sobre un misterio más grande que nosotros?
Quizás el verdadero valor de esta teoría no esté en demostrar que somos parte de una simulación, sino en lo que nos enseña sobre la relación entre mente, materia e información.
Si el universo necesita observadores para existir, entonces cada acto de consciencia sería una forma de participación en la creación misma de la realidad.
Y tal vez, en lugar de temer que todo sea un código, podríamos entenderlo como una invitación: la de descubrir cómo funciona el sistema… desde adentro.